Cuando escucho con los ojos a mis muertos




Para mis amigxs vivxs: Dany Riera, Luis Chávez, Pao Valverde, Dennis, Ale Quetzalita, Juancito Hernández, Cristina, Cali Rivera y demás ticos y ticas.

A Feli, Denís, Fini, y los dos Dani.

A Panono, por la construccion de un recuerdo propio.

Yo sé algo de la muerte aunque no he visto más que una vez a ciencia cierta un cuerpo muerto. Digo que sé algo de la muerte porque nací dos meces y algunos días después del último golpe de Estado de la Argentina que se cargaría a 30000 personas. Y previo a eso tengo el extraño honor de ser la sobrina de Panono, un chico de 22, que las tres A mataron delante de su familia en su casa, aunque de eso en la mía no se habló y aunque mi primo –su hijo-, el gran dirigente obrero de un partido que no cree en la propiedad privada, cree que ese es SU muerto y tampoco lo comparte y cree que puede impedirme hablar de él. Más luego, volví a tener un romance con la muerte cuando se suicidó mi amiga íntima y más querida de la adolescencia, Fini Courreges. Pero como la muerte es extraña y las familias una mierda (la mía no es la excepción y la de Josefina tampoco), y las amigas de la adolescencia pueden ser lo más cruel jamás visto, yo no me enteré de su muerte a los 19 años, hasta casi 2 años después, cuando una de las amigas que la torturaba en su esquizofrenia tuvo a bien avisármelo un día que nos topamos por la calle. En esa época no se me ocurrió pensar cuál de todas las variables hizo que no me avisaran a mí que Fini había muerto: acaso fue porque estábamos distanciadas por culpa de mi madre psiquiatra que me había advertido de la “locura” de Fini, y yo, que tenía miedo de que Fini le contara que hacíamos, acaté la orden; que yo era la amiga que la defendía de esas otras amigas más antiguas que daban amor de un modo muy extraño, invitándola a quedarse a dormir y no cerrando las persianas ni las cortinas aunque Fini era fotofónica o llegando casi cuando Iggy Pop ya se subía al escenario con su entrada y haciéndola comer una espera de nervios que te hacen pensar en matar a alguien como en el cuento de Roal Dahl; o acaso fue que Fini y yo nos amábamos y no sabíamos aún qué quería decir eso. Así las cosas, saber que nunca más iba a volver a hablar con ella fue algo tremendo e inexplicable, algo que todavía pienso, nunca más vamos a escuchar a los Smiths hasta que nos sangren las encías de tanto cantar sus letras. Afirmó que sé de la muerte porque no muy lejos de esa tremenda noticia se murió en un accidente incierto Denís, mi compañera de hockey sobre patines, poniendo fin a una época donde yo solo sabía de saltar rampas, andar como un diablo sobre mis rollers, y entrenar con varones a todo o nada. No había mujeres en el deporte casi en esos años. Los rollers estaban de moda, y gente de todas las líneas de la ciudad y del conurbano bonaerense nos juntábamos a jugar al hockey espontáneamente en la calle. Me costó ganarme mi lugar entre los chicos: muy baja y muy chica. Pero a fuerza de agresividad y patín y gracias a mi amigo Guillermo y a quién fue luego quien nos entrenaba, Cele, me hice un lugar entre los equipos de varones. Patinaba mejor que muchos de ellos y desde ya, era más violenta. Denís también jugaba y nos hicimos amigas inmediatamente. No teníamos nada en común, pero Denís era la alegría del vivir personificada, y eso me era suficiente. Un día fue a bailar, ese es el relato que recuerdo, y salió de la disco en moto con un chico que había conocido adentro. Nunca llegó a su casa viva. Sobre la calle quedaron las huellas de la frenada de lo que aparentemente fue un accidente de tránsito. No hubo testigos, nadie los vio, nadie los ayudó, nadie escuchó nada. Ambos se murieron ahí, solos. Denís tenía 21 años. Su madre la cremó y esparció las cenizas en los bosques de Palermo donde jugábamos rigurosamente sábados y domingos. Por ella y por su madre, entré una de las pocas veces en mi vida a una iglesia que no fuera para tomar una foto. Digo que sé algo de la muerte porque mismo este año 2009 dos amigos y a su modo mentores poetas murieron: Daniel Chirom y Daniel Muxica. Suficientemente grandes para que su muerte no tenga el tono de la tragedia, pero aun demasiado jóvenes para que yo sienta “es una gran cagada que te hayas ido”, uno murió de cáncer, el otro de un ataque al corazón. Con ambos había hablado un toquecito antes para ir a almorzar. Quedó pendiente. Con los muertos siempre hay pendientes. Los dos murieron en su ley con gran obra realizada y una impronta en quienes les queríamos y admirábamos que no se borrará. Pero esta vez y no sé bien precisar por qué pero seguro no tiene que ver con merecimiento, algo es distinto. Felipe Granados, poeta de Costa Rica se murió ayer, después de haber hecho todo lo posible por morirse desde hace muchos años. Recuerdo a Judith Butler y pienso cuán político es afirmar que Felipe, de quien me doy cuenta cuán enamorada estoy (¿Estuve? ¿Se ama a los muertos?) murió de las consecuencias asociadas a descuidar una infección que ha matado mucha gente que no es lícito llorar: VIH. Murió embistiendo a la muerte como un tren bala, un caballo de carreras, o un toro en las corridas. ¿Hipótesis? Cientas, creo que cada quien tendrá su historia personal, y eso es bueno, a Feli le hubiera gustado ostentar tantos relatos y misterios como gente amiga. Todxs lo queríamos y muchas veces lo hubiéramos matado con las propias manos… Algo es seguro todxs y cada unx de sus amigxs le recriminamos haberse muerto. Pero ese es un derecho que debe ser aceptado. Paola me dijo “disfrutó la vida”, Juan “estaba tranquilo, sabía lo que hacía” y yo sé que tienen razón. También sé que Feli tuvo un relato distinto para cada unx de nosotrxs y que nadie sabrá nunca nada de él enteramente, y creo que eso también es bueno, no lo amo porque fue un héroe o un ser sin tacha, sino porque no careteaba. Todxs mis amigxs en Ticonaldia llegaron a mi vida de su mano o con él. Él, yo y su última gran novia Cristina recorriendo los mercados y las zonas adónde los turistas no van de San José, viendo las flores, buscando mochilas, visitando librerías, comiendo en las cocinerías. Cris y yo enamorándonos a expensas de él y Feli borracho como una cuba y con un ataque de celos en la puerta del bar Rayuela porque me voy con otro hombre, en una escena que en ese entonces no podía entender y ahora un poco más. Mientras estuve en Costa Rica hizo todo lo que estuvo a su mano para hacerme sentir como si fuéramos de una barra, de una pandilla de hace años, y lo hizo no solo porque le gustaba y me querida, sino también porque soy la amiga de su amigo Dany Riera, con quien ayer a nuestro modo nos juntamos a despedirlo como corresponde, comiendo helado, llamando a lxs amigxs; y ese compartir es un gran placer que lxs tres nos dimos. Me jacto de algunas cosas con Felipe, cosas que quien nos conozca sabrá ver qué valor tienen: presenció todas mis lecturas en ticolandia, me acompañó a todos lados, no pudo despedirse el último día, y no tuvimos sexo aunque nos gustamos harto… lo cual viniendo de nosotrxs, y habiéndonos adorado como nos adoramos, es algo único por no decir extraño. Hace poco presentó un libro que Juan Hernández se encargó de publicarme allí. Dicen que hay una grabación: esa fue la última lectura de Felipe y espero que alguien la recupere. Dicen que me dedicó las más hermosas palabras dichas en una presentación de un libro. A Felipe le encantaba ese libro (que raro hablar ya en pasado de lo que a mí no deja de pasarme) pero le gustaba en particular un poema sobre un intersexual abusado por su médico (como casi todas las personas intersex que conozco). Al final del poema dice:
el deseo se agota
la sangre no es maná
toda herida se cierra
toda marca es poderosa.
Calculo que Felipe, con justa razón y derecho, le dio siempre a ese final otro valor, otro significado. Feli nació en 1976, como yo, unos meses después que yo, y entre los 27 y los 33, muchas personas se clavan. Yo elegí vivir un poco más. Sé que se comió la cancha como quien chupa el jugo de una fruta tropical hasta que quede nada. No hay reproches y no hay duda, amó tanto vivir como detestó la vida. Solo me quedan deseos, a veces deseos agotados, como en el poema, que como todo deseo, es el algo egoísta, que le hubiera peleado un poco más a “lo oscuro”, domo dice el poema donde el poeta conversa con su perro y la luna. Hubiera querido que te quedaras más tiempo de este lado de la luna, que no es tan oscuro, al menos no todo el tiempo, que hubieras esperado a que volviera, porque yo sé que vuelvo a Costa Rica, que fueras un tiempo más mi amigo. Pero un verdadero poeta beat no vive largos años y elige, más o menos, cuando parte. Entonces hubiera querido entrarte un vino tinto al hospital y no jugo de uva para agarrarme una última curda, para no extrañarte tanto ahora.

4 opinolog*s:

Helen dijo...

la muerte es una cita extranya,en la que convergen seres que quizás nunca se tocaron en vida, como vos y yo en este momento... (leo tu post después de haber reprimido lágrimas de muerte durante todo el día, y ahora te leo y me aflojé...)

volverás a costa rica, y él estará en todas las esquinas, acompanyándote...
mil besos

Saturnino dijo...

Me pongo a pensar que si logro que alguien me piense y me escriba como tú lo haces de tus muertos cuando yo muera, puedo considerar que mi vida tuvo sentido. Aunque nunca lo voy a saber. Saludos

DM dijo...

Mi dolor a la distancia. El mandala destruído en su momento de mayor intensidad.

cristina dijo...

y bueno yo tambien se algo de la muerte entonces
te quiero leo, mucho, te quiero