POEMAS O RELATOS DE MAROSA DI GIORGIO


HABÍA NACIDO CON ZAPATOS...

Había nacido con zapatos. Rojos, finos, de taco alto,
que fueron la desesperación de todos los que vivimos juntos
en aquel tiempo.
Y en la cara tenía varias dentaduras, y lentes celestes como
el fuego.
Al pasar, por la tarde, parecía el ángel de la devoración con
pie punzó.
Mas, en realidad, amó la luz solar. Comía guindas, llevándose
una a cada boca.
Y sentía temor y amor hacia el Maestro Tigre que llegaba
en la noche a buscar doncellas.
Y nunca la eligió.
De "La liebre de marzo" 1981



HIGOS
Mamá, esta tarde es nuestra. Papá estará en la labranza; tu labor es pequeña y celeste, o tienes un plato con dulces de higo. El higo parece un santo; mira sus vestidos color violeta y color de azúcar.

Dices: ¡Estos higos! ¡Cómo brotan! Están extraordinarios. Los llevaré a la iglesia.

– Sí. (Por ahí alguien te responde). Que los maten. Estos higos son el diablo.

Decimos que no y que no, con la cabeza. Pero, desde los higos saltan dos penes rojos, morados, diminutos. Uno para cada una.

Vienen a nosotras; nos pasan los cendales, haciendo una leve escritura en la superficie, se van a lo hondo y allí trazan fuertes letras, rodeadas de diabluras.

Nos cubrimos la cara con el manto, con las manos.

Locas de vergüenza y gusto.

Por unos segundos estamos encintas, luego nos ruedan gotas de néctar por las piernas y se van al suelo.

Y mañana nacen unos seres chiquititos, misteriosos, abrillantados.
Que se parecen a los higos, a mí y a mamá.
Nos vestimos de blanco para estas citas.

LECHE

Forestón pasó en la barca. Esta casi rozaba la calle; había un agua liviana y fugaz. Remaba con un remo, con dos.
Era un mundo gris.
Se oyó gritar: ¡Es el casamiento! ¡El casamiento!
Forestón sólo contestó:
–El casamiento.
Los novios ya habían entrado a la iglesia.
En ese instante pasaron por la vereda dos mujeres que portaban, exhibiéndolas y protegiéndolas, unas bandejas con algo que podría ser pastelillos, flores de yuca o pañuelos bordados.
El anciano y la anciana, en el día de su casamiento, ya estaban en la iglesia, en el altar, como en canastilla. El tenía un jazmín en algún lado
de la ropa; ella, un ramito de cera en la mano y lo mantenía rígido como a una vela.
Les echaron miel, salmos, un poco de humo. El cortejo desfiló lentamente por el centro de la iglesia.
Ahí irrumpió Forestón y traía una muchacha, exclamando: ¡Vean! ¡Vean! ¡Miren a ésta!... Está intacta, pero es astuta. Ayudará en la boda.
La muchacha tenía un vestido con alas, diadema, y el rostro bellísimo, con pecas de delicados colores, verde y rosa.
Se puso velozmente detrás y en medio de los novios.
Marcharon todos hasta la casa de los esponsales.
Entraron los viejos y el ángel, grupo extraño.
Se cerró la puerta; alguien oró apoyado en ella.
Adentro, los viejos ya estaban desnudos; ya entraban a la cama.
Sus dientes eran afilados y amarillos; él no tenía pelo; el de ella, gris como la nieve, iba más allá de los pies, la envolvía.
El viejo trataba de abrir el pelo y entrar. Todo parecía tan difícil.
La astuta volaba de una pared a otra, subía hasta el techo, bajaba en picada a la cama, se posaba sobre los viejos, volvía a subir con un bisbiseo increíble, caía y con la punta de las alas perturbaba a los novios hasta que casi no soportaron más.
Entonces, la vieja creó y dio por muchísimo tiempo, una leche rarísima, rica, que ella misma se ordeñaba y vendía en un cántaro.

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