
HABÍA NACIDO CON ZAPATOS...
Había nacido con zapatos. Rojos, finos, de taco alto,
que fueron la desesperación de todos los que vivimos juntos
en aquel tiempo.
Y en la cara tenía varias dentaduras, y lentes celestes como
el fuego.
Al pasar, por la tarde, parecía el ángel de la devoración con
pie punzó.
Mas, en realidad, amó la luz solar. Comía guindas, llevándose
una a cada boca.
Y sentía temor y amor hacia el Maestro Tigre que llegaba
en la noche a buscar doncellas.
Y nunca la eligió.
De "La liebre de marzo" 1981
HIGOS
Mamá, esta tarde es nuestra. Papá estará en la labranza; tu labor es pequeña y celeste, o tienes un plato con dulces de higo. El higo parece un santo; mira sus vestidos color violeta y color de azúcar.
Dices: ¡Estos higos! ¡Cómo brotan! Están extraordinarios. Los llevaré a la iglesia.
– Sí. (Por ahí alguien te responde). Que los maten. Estos higos son el diablo.
Decimos que no y que no, con la cabeza. Pero, desde los higos saltan dos penes rojos, morados, diminutos. Uno para cada una.
Vienen a nosotras; nos pasan los cendales, haciendo una leve escritura en la superficie, se van a lo hondo y allí trazan fuertes letras, rodeadas de diabluras.
Nos cubrimos la cara con el manto, con las manos.
Locas de vergüenza y gusto.
Por unos segundos estamos encintas, luego nos ruedan gotas de néctar por las piernas y se van al suelo.
Y mañana nacen unos seres chiquititos, misteriosos, abrillantados.
Que se parecen a los higos, a mí y a mamá.
Nos vestimos de blanco para estas citas.
LECHE
Forestón pasó en la barca. Esta casi rozaba la calle; había un agua liviana y fugaz. Remaba con un remo, con dos.
Era un mundo gris.
Se oyó gritar: ¡Es el casamiento! ¡El casamiento!
Forestón sólo contestó:
–El casamiento.
Los novios ya habían entrado a la iglesia.
En ese instante pasaron por la vereda dos mujeres que portaban, exhibiéndolas y protegiéndolas, unas bandejas con algo que podría ser pastelillos, flores de yuca o pañuelos bordados.
El anciano y la anciana, en el día de su casamiento, ya estaban en la iglesia, en el altar, como en canastilla. El tenía un jazmín en algún lado
de la ropa; ella, un ramito de cera en la mano y lo mantenía rígido como a una vela.
Les echaron miel, salmos, un poco de humo. El cortejo desfiló lentamente por el centro de la iglesia.
Ahí irrumpió Forestón y traía una muchacha, exclamando: ¡Vean! ¡Vean! ¡Miren a ésta!... Está intacta, pero es astuta. Ayudará en la boda.
La muchacha tenía un vestido con alas, diadema, y el rostro bellísimo, con pecas de delicados colores, verde y rosa.
Se puso velozmente detrás y en medio de los novios.
Marcharon todos hasta la casa de los esponsales.
Entraron los viejos y el ángel, grupo extraño.
Se cerró la puerta; alguien oró apoyado en ella.
Adentro, los viejos ya estaban desnudos; ya entraban a la cama.
Sus dientes eran afilados y amarillos; él no tenía pelo; el de ella, gris como la nieve, iba más allá de los pies, la envolvía.
El viejo trataba de abrir el pelo y entrar. Todo parecía tan difícil.
La astuta volaba de una pared a otra, subía hasta el techo, bajaba en picada a la cama, se posaba sobre los viejos, volvía a subir con un bisbiseo increíble, caía y con la punta de las alas perturbaba a los novios hasta que casi no soportaron más.
Entonces, la vieja creó y dio por muchísimo tiempo, una leche rarísima, rica, que ella misma se ordeñaba y vendía en un cántaro.

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