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Una ética de la guerra civil


67Todos los cuerpos que no pueden o no quieren atenuar su forma-de-vida deben rendirse a esta evidencia: son, somos, los parias del Imperio. Existe, anclado en alguna parte de nosotros, ese punto de opacidad sin retorno que es como la marca de Caín y que llena a los ciudadanos de terror cuando no de odio. Maniqueísmo del Imperio: de un lado, la nueva humanidad radiante, cuidadosamente formateada, transparente a todos los rayos del poder, idealmente despojada de experiencia, ausente de sí hasta el cáncer: son los ciudadanos, los ciudadanos del Imperio. Y luego, estamos nosotros. ... los desviados, los pobres, los prisioneros, los ladrones, los criminales, los locos, los perversos, los corrompidos, los demasiado-vivos, los desbordantes, las corporeidades rebeldes. En resumen: todos los que, siguiendo su línea de fuga, no se reencuentran en la tibieza climatizada del paraíso imperial. Nosotros, éste es el plan de consistencia fragmentado del Partido Imaginario.

Nosotros somos el enemigo cualquiera
. Aquél contra el que todos los dispositivos y todas las normas imperiales se han agenciado. Inversamente, el hombre del resentimiento, el intelectual, el inmunodeficiente, el humanista, el injertado, el neurotizado, ofrecen el modelo del ciudadano del Imperio.
De ellos uno puede estar seguro de que no hay nada que temer. ...Éstos son los colaboradores-natos. No es solamente el poder, es la policía quien pasa a través de sus cuerpos. La vida mutilada no aparece solamente como consecuencia del avance del Imperio, antes bien es su condición de posibilidad. La ecuación ciudadano=poli se prolonga en la extrema grieta de los cuerpos.


CF. Nietzsche que estas en todas partes


69Todo lo que tolera el Imperio es para nosotros igualmente exiguo: los espacios, las palabras, los amores, los rostros y los corazones: más cadenas.


Amor = CAdena
tiene que haber otra forma de afectarme con vos
porque afectada ya estoy y lo que siento lo siento, me ois?



76Toda forma-de-vida tiende a constituirse en comunidad, y de comunidad en mundo. Cada mundo, cuando se piensa, es decir, cuando se ancla estratégicamente en su juego con los otros mundos, se manifiesta como configurado por una metafísica particular, que es, más que un sistema, una lengua, su lengua. Y es entonces, cuando ha sido pensado, cuando este mundo se vuelve contaminante: puesto que conoce de qué ethos es portador, ha pasado a ser maestro en un cierto sector del arte de las distancias.
77El principio de la serenidad más intensa es, para cada cuerpo, ir hasta el final de su forma-de-vida presente, hasta el punto donde la línea del incremento de su potencia se desvanece. Cada cuerpo quiere agotar su forma-de-vida, dejarla muerta tras de sí. Después pasa a otra. Ha ganado en espesor: su experiencia le ha alimentado. Y ha ganado en soltura: ha sabido desprenderse de una imagen de sí.

Trayendo así sobre el terreno de las formas-de-vida todo lo que uno exilia en el lenguaje plagado de confusiones de la nuda vida, invertimos la biopolítica en política de la singularidad radical. Una medicina está por reinventar: una medicina política que partirá de las formas-de-vida.
79En las condiciones presentes, bajo el Imperio, toda agregación ética no puede constituirse más que en máquina de guerra. Una máquina de guerra no tiene la guerra como objeto; al contrario: ella no puede «hacer la guerra sino a condición de crear otra cosa a la vez, aunque sólo sean nuevas relaciones sociales no-orgánicas» (Deleuze-Guattari, Mil mesetas). A diferencia de un ejército, así como de cualquier organización revolucionaria, la máquina de guerra no tiene más que una relación de suplemento con la guerra. Es capaz de embates ofensivos, está en condiciones de librar batallas, de recurrir ágilmente a la violencia, pero no tiene necesidad de ella para llevar una existencia plena.
80Aquí se plantea la cuestión de la reapropiación de la violencia, de la cual las democracias biopolíticas nos han, con todas las expresiones intensas de la vida, desposeído tan perfectamente. Comencemos por acabar con la vieja concepción de una muerte que sobrevendría al término, como punto final de la vida. La muerte es cotidiana, es este empequeñecimiento continuo de nuestra presencia bajo el efecto de la imposibilidad de abandonarnos a nuestras inclinaciones.
... el aislamiento que nos impide devolverle al poder cada uno de los golpes, el abandonarnos sin la seguridad de que tendremos que pagarlo. He aquí por qué nuestros cuerpos sienten la necesidad de agregarse en máquinas de guerra, pues sólo esto nos vuelve igualmente capaces de vivir y de luchar.

De un tiempo a esta parte no he cesado de armar máquinas de guerra. cuanto agradecimiento que tengo en las venas

81De lo que precede se deducirá sin esfuerzo esta evidencia biopolítica: no hay muerte «natural», todas las muertes son muertes violentas. Esto vale existencialmente e históricamente. Bajo las democracias biopolíticas del Imperio, todo ha sido socializado: cada muerte entra en una red compleja de causalidades que hacen de ella una muerte social, un asesinato: ya no hay más que asesinato, que a veces es condenado, a veces amnistiado, y las más de las veces, ignorado. En este punto, la cuestión que se plantea no es la del hecho del asesinato, sino la de su cómo.



Una acción de guerra social es un «acto de terrorismo», mientras que una intervención dura de la otan, decidida de la forma más arbitraria, es una «operación de pacificación»; un envenenamiento en masa es una epidemia, y se llama «Módulo de Alta Seguridad» la práctica legal de la tortura en las prisiones democráticas.


Entre enemigos, por ejemplo, el arma de fuego estará excluida. (ai fierri corti... y yo no encuentro mi navaja desde hace dias)


Nosotros no creemos ya en la revolución, sino en algunas «revoluciones moleculares»
, y, menos recatadamente, en asunciones diferenciadas de la guerra civil. En un primer momento, los revolucionarios profesionales, cuyos desastres repetidos no se han enfriado apenas, nos difamarán como diletantes, como traidores a la Causa. Querrán hacernos creer que el Imperio es el enemigo. Nosotros objetaremos a Su Tontería que el Imperio no es el enemigo, sino el hostis. Que no se trata de vencerlo, sino de exterminarlo, y que en el límite, pasaremos sin su Partido, siguiendo en esto los consejos de Clausewitz sobre la guerra popular: «La guerra popular, como cualquier cosa vaporosa y fluida, no debe condensarse en ninguna parte en un cuerpo sólido; si no, el enemigo envía una fuerza adecuada contra ese núcleo, lo rompe y hace numerosos prisioneros; el coraje se debilita entonces, todos piensan que la cuestión principal está zanjada por el enemigo, que todo esfuerzo ulterior será en vano, y que las armas han caído de las manos de la nación. Pero por otro lado, hace falta que esta niebla se condense en ciertos puntos, forme masas compactas, nubes amenazadoras, de donde al fin pueda surgir un trueno terrible. Estos puntos se situarán sobre todo en las alas del escenario de guerra enemigo ... No se trata de romper el núcleo, sino solamente de roer la superficie y los ángulos». (Sobre la guerra)

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