garzons


Para nosotrxs no hay amistad que no sea política.
Tiqqun

No te olvides que vos sos un niño, también sos tu mamá y tu papá. Ya lo creo, habías esperado tanto, dando vueltas sin saber que hay algo más.
Babaśonicos

Para Emma (E.A.T.-me) que me convidó dos caramelos,
uno azul de dulce y suave menta y el otro blanco-amarillo fuerte y penetrante de ananá.
Acordátelo, solo no estás.


Sin consuelo a veces comprendo que cuando hablo acerca de abandonar lo gay-lésbico, el Amor, la pareja, y sobre todo el enamoramiento-cathexis, la gente cree que yo soy incapaz de emocionarme, de sentir, de afectarme, soy incapaz de ningún cariño, de ningún querer; cuando por el contrario, cuando veo este cuerpo desde fuera me veo descarnada constantemente, con un deseo de compenetrarme en lxs compas que voy agenciándome por los caminos, en sus pieles, sus olores, sus cuerpos. Mi voluntad de poder está al orden del día puesto que conozco bien que mi cuerpo tiene una capacidad de afectación con otros cuerpos casi por contacto, como una alergia o una hermosa ITG contraida en el desenfreno de la orgía entre amigas y que me recuerda lo bien que la pasé mientras con yuyitos me la reparo, o como el surco que queda en la tierra cuando el rayo cae desde el cielo que se parte atronadoramente, o como cuando la tierra grita y se expresa y las placas se mueven y abren una grieta tan profunda que azufre y iones emergen como una lengua que lame azul, rojo y amarillo.

Siempre fui varonera, nunca jugué con muñecas. Siempre quise los juguetes de mi hermano mayor, anduve su bici de cross que luego fue más mi amiga que la de él. Maté a los bebés que en mano cayeron y mi madre me regalaba-quien hizo todo lo que sus poderes de psiquiatra pudieron por hacerme gustar de mi bioasignación, del ser mujer-. Cuál Charles Mason desfiguré en satánicos ritos las asquerosas Sarah Key que suponían debía querer, mutilé sus cuerpos, y rapé sus cabelleras largas. Me quejé y discutí cuando me regalaban sets de belleza e hice que mi familia nunca tuviera una fiesta en paz, cual Daniel el Terrible, cosa de la cual me jacto tanto como de haber amando el Lego y el Rasti y el set de química que me negaron vaticinando y produciendo mi anima adversion por las así llamadas “ciencias exactas”. Y casi siempre he llevado el cabello corto -solo me gusta la melena del león-.

Tuve un amante inglés que decía que mi categoría de género era “urchin”, es decir un nene pendenciero siempre listo para hacer trapisondas y travesuras como Tom Sawyer y Huckle Berry Finn. Y a partir de ese gran amigo comencé a explorar esta expresión de género que antes creía -y reivindicaba- como monstruo. He sido la tomboy eterna del poema del nicaragüense Carlos Martinez Rivas, con rodillas peladas de tanto morder el polvo de la plaza, con morados de todos los tonos decorando piernas que nunca sintieron cera caliente sobre ellas (pero que tienen, de todas formas, poco pelo, porque soy un niño), que ama agarrarse a golpes de puño por las calles, con cicatrices por todas partes, heridas de guerra gravadas sobre el filo de piedra de la poza absoluta de la infancia, una infancia que jamás termina y esquiva eternamente mi bio-asignación, este deber ser mujer.

Pero a este nene travieso que vive en mi cuerpo y allí encarna fumando a escondidas, también le gusta desde siempre la sonrisa dura y drogadicta de la Barbie Crystal, y sus interminables piernas de salchica de Viena (como aquellas de la primera chica que toqué en mi vida), su color preferido es el rosa -todos los rosas, el bebé y el pastel, y el fucsia-, el maquillaje, los tacos y la lencería erótica femenina (aunque solo lo use para jugar -como cuando le robábamos a mamá-). Este nene llora inconteniblemente algunas noches -como una nena, dirán- y sus ojos y labios se hinchan a la mañana siguiente.

Ya no importa saber qué o quién soy puesto que cada día más convencida estoy que voy habitada por muchxs – mi nombre es legión-.

Uno es un nene que ya tiene puesto un pie en una pubertad no muy tardía, lleno de pecas en la cara que adora andar en bici a todo vapor tanto como boxear. Pero que gusta tanto de manosearse, besarse secretamente y hacer siesta ensoñado con sus amiguitos skaters como de invitar a salir a alguna chica punky, a la que aspira querer y hacerle regalos como golosinas robadas. Y quien leyendo esto crea en viejas formas de la política como gay-gay-hetero no habrá entendido lo que significa para los nenes como yo tener zapatillas nuevas para salir a patear las calles o bailar poseída alguna noche hasta caer rendidx.

Toda niño sensible, en cambio, sabrá entender de qué se trata.



Skate or Die (La Bailarina) del libro Emilia y yo

haciendo un truco
una de mis piernas sale


rota y abierta en capas
me encuentro
feliz
de picar
contra el suelo

ruido
infernal
salir volando
por un borde
comerse un canto

fue un tiempo de gloria
el verano es eterno
sabélo
lo podíamos todo
éramos jóvenes éramos perfectos
éramos
tan sólo eso

una plaza o cualquier punto
esta ciudad

escaleras que suben al cielo,


nuestros
carritos
corren
para

abajo.

0 opinolog*s: