¿La importancia de un nombre? El fin del queer
Leo Silvestri
Para Claudia Rodriguez, amiga y luchadora, por repensarnos constantemente
Para la Paila Marina por su olor rancio a pescado
Suprime el Yo y se harán accesibles una miríada de posibilidades
Phil Hine
Parece que nos entendemos porque desconfiamos de las mismas cosas
Babasónicos
Bastardeado hasta el hartazgo, coartada de cuanto congreso académico pequeño-burgués se haya hecho dentro de los institutos de género del mundo, utilizado para vender hasta bandas de música otrora popular, queer es una gran bolsa de gatos que parece que todo lo puede, una especie de peronismo del género donde se dan cita desde gays o varones trans indignados porque no les permiten ingresar a tal o cual disco hasta ilusionadas chicas punks y anarquistas que tuvieron el privilegio de estudiar en la universidad.
Cómo término podemos rastrerar dos vertientes. Una anglosajona y la otra hispanoparlante. Dentro de la primera, y teniendo en cuenta que “queer” como palabra coloquial es un insulto que puede querer decir cosas tales como “puto”, “maricón”, o “sexualmente raro”, sufrió una reapropiación al ser tomado por las minorías sexuales sobre las cuales se utilizaba para el escarnio. En ese espectro, el término “queer” fue acuñado en su utilización académica por la feminista Teresa de Lauretis en 1991 cuando público “Queer Theory: Lesbian and Gay Sexualities”, pero se supone que ya había sido utilizado en su sentido coloquial por la feminista chicana lesbiana Gloria Anzaldúa previamente en su famoso libro hibrído Borderlines. De Lauretis pronto lo abandona advirtiendo como fue rapidamente asimilado por aquello que “queer” deseaba combatir, en especial en EE.UU.: “queer” era poco más o poco menos otro sinónimo de “gay”. Como vemos en los años 90 y en esta región, se proponía como afiliación contra la vieja guardia de gays y lesbianas que deseaban, y aún hoy desean, ser normales, ser como heterosexuales. Butler, asimismo, siempre advirtió sobre su contigencia como término del vocabulario político. De hecho, en Cuerpos que Importan, esta feminista señala que “El término queer fue precisamente el punto de reunión de las lesbianas y los hombres gay más jóvenes y de las intervenciones lesbianas y en otro contexto de heterosexuales y bisexuales para quienes el termino expresa una afiliación con la política anti homofóbica. Esta posibilidad de transformarse en un sitio discursivo cuyos usos no pueden delimitarse de antemano debería defenderse no solo con el propósito de continuar democratizando la política queer sino además para exponer, afirmar y reelaborar la historia especifica del término.”
En cuanto a la utilización hispanoparlante de la palabra, donde ya no tiene ni la injerencia ni la connotación peyorativa que salta a primera oída cuando es pronunciado por quienes discriminan, “queer” no sólo ocupa un espacio dentro de los estudios académicos (un espacio sobre el cual es siempre bueno mantener la mayor cantidad de sospecha posible) de la mano de personalidades que hacen bastantes esfuerzos por desmarcarse de su utilización inocente como Beatriz Preciado, pero que no logran tener la misma penetración que sus pares anglosajonas dentro del campo intelectual de las universidades. Dentro de esta vertiente queer cuenta con un uso que se relaciona con prácticas -ya no estudios y papers- post-identitarias cotidianas, nuevas formas de agenciarse y articularse entre cuerpos, nuevas maneras de hacer pornografía como modo privilegiado de discutir las sexualidades (post-porno), etc.
Como vemos, en el mejor de los casos “Queer” y sus suspuestas políticas y teorías, han venido a convivir junto a los viejos modos de la indentidad lesbica-gay, es decir de una identidad que surge desde una práctica sexual y una elección de objeto (poderes psi y biología) y de ningún modo ni a superarlas ni a desbancarlas. En el mejor de los casos ha abierto la posibilidad para pensar nuevas posibilidades y potencias antes inexploradas sobre todo desde la discursividad. De hecho, fue Foucault quien declaró que no se trata de descubrir o liberar quiénes somos, aunque en realidad hablaba de los homosexuales varones -como él-, sino de resistir la norma y análizar cómo llegamos a ser lo que somos, lo cual posibilitó un desplazamiento fuera de la esencia del ser, la ontología. ‘Queer’ designa no una clase de patologías o perversiones previamente decondificadas por los poderes, sino un horizonte de posibilidades que en principio no puede ser previamente delimitado, pero que sí tiene ciertos presupuesto epistemológicos radicales por fuera de todo modelo de asimilación (queer no puede desear ser asimilado a la normalidad de ningún tipo – ni matrimonio, ni adopción, ni monogamia, ni pareja- a riesgo de dejar de ser queer). Si es que “queer” nombra algo, es un impulso renovador, afilado y lapidario que no puede nunca quedarse quieto contra la generización y la ontologizacion (procesos de esencialización) intrínsecos a cualquier identidad que conformemos individualmente. Como movimiento o agenciamiento de minorías sexuales radicales, de disidentes sexuales, u objetoras de género, queer tuvo la capacidad de articular e impulsar y volver inteligibles mediante el lenguaje la proliferación de practicas sexo-afectivas por fuera de los marcos institucionales ya sea externos como internalizados. Como tal, se opuso gravemente a, aunque no mediante un acuerdo tipo programa, y denunció los límites de las viejas formas de hacer política a saber la organización y regulación de la sexualidad mediante el matrimonio, la familia, y la crianza dentro de estas dos instituciones por las que bregan los derechos civiles.
Queer tuvo una necesidad fisiológica al momento de nacer: debía hacer frente a la noción de “gay” que cada día más se vuelve el alíado cool y estratégico de la heternorma. Vale decir, cuando “gay” demuestra cuán democráticos, abiertos, amigables son los gobiernos, cuándo gay viene a querer decir repúblicano, varón de clase media y media alta profesional, chica bonita que regentea proyecto cultural, “queer” le ha salido al enfrentamiento como cuerpo indócil de la política GLTB, como barba de travesti amanecida, o lesbiana golpeadora y borracha, como puto barebaker, como varoncito inclasificable que le gusta chuparle la pija a sus amigos pero también la concha a sus amigas. Es decir, como el secreto sucio que los primos Gays&Lésbicos prefieren ocultar para poder ingresar a un lugar que no se sabe bien cuál es, ni dónde está pero que parece bastante horripilante cuando no anodino, llamado normalidad.
Así, indudablemente, queer ha venido a señalar aquellas prácticas sexuales que quedaban fuera de la ley y por tanto eran o ilegibles o insostenibles mientras en el discuro público de las políticas de género mainstream emergían nuevas categorías y jerarquías que reforzaban la distinción entre vidas legítimas y dignas de ser resguardadas y aquellas que no. De acuerdo a mi lectura, queer tuvo como misión sostener que el género es un dispositivo de control, un aparato de captura de los cuerpos (un policía podríamos decir), una matriz de inteligibilidad que creaba materialmente cuerpos dividiéndolos en varones y mujeres, para luego adjudicar a cada cuerpo construido una sexualidad muy normal hetero, otra menos normal pero en vistas de ser normal homo, y una que oscilaba entre las dos bi, de donde se desprendía, a su vez, todas las formas de cariño, resguardo y todas las lógicas amatorias posibles, que por supuesto eran más vale pocas e individuales y sostenidas por la vieja noción romántica de Amor. Las políticas queer abogaban por otras formas de autoprotección por fuera de la legitimación y el reconocimiento del Estado, por la organización y agenciamiento de la amistad (sexo-afectiva) como modo privilegiado de sostenernos por fuera del amor romántico que redunda en la replicación y reproducción del individuo (otra de las ficciones del capitalismo) y de los crímenes de pasión u odio al cual la tele nos tiene acostumbradas.
Por eso, queer podría ser entendido como una manera de mirar el mundo, un punto epistemológico crítico de acción hic et nunc más que como una esencia o sustancia que se desprende de las cosas. Queer ha intentado salir de la diferencia sexual, la lógica dialéctica y el binario sexo/género para poder pensar cómo llegamos a ser lo que somos y a qué poderes responde ese “ser”. Queer nos ha demostrado que una no nace de un género sino que se vuelve de un género, y el proceso de volverse nunca termina, y una nunca llega a lograr el género que tampoco es una sustancia ontológica. La pregunta de “Quién” siempre falla en contestar la cuestión de quién viene después del sujeto, qué había antes o cómo podríamos devenir sin él. Más aun, muchxs no cuentan como sujetos dentro del discurso hegemónico ni tienen un nombre reservado dentro de ese discurso. Si el reconocimiento nunca se satisface, los cuerpos no reconocidos deben llevar acabo sus propios agenciamientos comunales por fuera de la ley más que luchar por poder ser leídos, comprendidos y aceptados. ¿A quién le pertenece el deseo de género? La no discriminación y la igualdad no son los únicos dos argumentos de la política. Por eso, la pregunta es por qué el matrimonio gay es el centro del debate del movimiento de gays y lesbianas, su tema principal, cuando hay tantos otros temas tan principales como la violencia contra la gente trans, el suicidio entre los jóvenes, envejecer fuera de los parámetros de la familia nuclear y no tener apoyo. ¿Por qué el matrimonio es la relación social que nos compromete? Es una de las tantas relaciones sociales , sin embargo, es la que concibe el universo como monógamo, binario, propietario de clase, y su inclusión como clase media.
Queer también tuvo algo que decirle al feminismo institucional y/o tradicional que confía en informar a la policía cuando algo “malo” ocurre, o de trabajar dentro de los marcos del Estado y sus legalidades convirtiéndolo en un interlocutor válido, re-otorgándole un poder que ha ido perdiéndo solo frente a otras instituciones contra las que compite como la industria farmacológica si comparamos el Estado que tenemos hoy con los Estados- Nación de principio del siglo pasado. Allí queer revisó lo mejor del pasado del feminismo radical y su noción de sexualidad radical de la mano de la primera Pat Califia y Gayle Rubin con su grupo Samois que se trenzaba en despiadadas peleas contra las potificas, reaccionarias y mojigatas Dworkin y McKinnon para buscar la forma cómo coalicionar aquellos cuerpos-márgenes: trabajadorxs sexuales de todo tipo y color, migrantes ilegales, consumidores de drogas, travestis y transgéneros, pueblos originarios, personas con diagnósticos psiquiátricos. Es decir, los malos e indóciles sujetos de las políticas sexuales que no dejan dormir en paz el bebé concebido con la costosa inseminación artificial de la amorosa pareja lésbica profesional blanca y exitosa que se ha casado en Buenos Aires para poder heredarse los bienes de su propiedad privada obtenidos en cargos gerenciales cuando sean mayores. Queer supuso aquí tener prácticas feministas radicales e iracundas sin necesidad de ser mujer.
Ahora bien, puesto que por un lado, en su presupuesto de origen queer debe estar en permanente fuga puesto que denuncia la jerarquización de las identidades candidateables a la normalidad y teme la re-ontologización de las esencias; y por el otro lado, habita como dicurso en ciertas latitudes paupérrimas donde ni siquiera existe lo GLTB, nos encontramos frente a una encrucijada. O bien lo seguimos utilizando a sabiendas que ha sido completamente asimilado como significante por aquello que, tal como denunció de Lauretis, venía a combatir o pasamos una y otra vez por la fallida experiencia GLTB cual marxistas del género hasta que nuestras comunidades sexuales más marginales puedan ser burgueses del género y así hacer la revolución. No obstante, dado que queer se basó históricamente en el desencanto de la política gay/lésbica pero también del feminismo, queer como significante vacío que se ve hoy rellenado con predicados improcedentes puede devenir un verbo-práctica, una acción que recupere su capacidad de destabilizar los supuestos sobre el ser y el hacer sexuado y sexual, que re-actualice la discordancia con lo normal y la norma, y resista y combata la asimilación mediante la creación de conceptos mutantes que se crucen con otras formas de pensar la política que jamás abandonen la perspectiva género-corporal del centro de la escena -puesto que es allí donde se libra hoy la guerra- en vez de tratar de salvarle la vida frente a su inegable asimilación. Desde los principios de libre asociación del anarquismo para realizar articulaciones políticas, las teorías radicales sobre la sexualidades colectivas del feminismo sadomaso, las manadas y los tecnocuerpos esquizos que huyen todo el tiempo hasta de si mismos.
No son los temas del queer los que han fracasado, sino su nombre que sin nostalgia puede ser dejado atrás puesto que como tantos otros ya no quiere decir nada para poder devenir colectivamente. Ni la integración voluntaria al sistema, ni la pugna por una vida mejor y más cómoda dentro de él, es decir el reconocimiento de derechos que son siempre privilegios, sino la creación de nuevos escenarios fuera del mapa del control, lejos de las coordenadas psico-físicas del Imperio. En vez de ser aceptadas por el sistema como buenas o malos, estimular nuestras potencias para generar situaciones, estados de excepción que perduren por el mayor tiempo posible donde el acontecimiento y la presencia sean inmunes a esa aceptación, a su deseo. Siguiendo a Emma Goldman en La tragedia de la emancipación de la mujer, ahora hay que emanciparse de la emancipación.

3 opinolog*s:
Leonor, eres una guapa, lindo todo
en la Academia el jueves :)
saludos lindam y a claudia tambien, divinas :)
muy buena leo!
gracias gente
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