
Notas sobres el encuentro Internacional Trans antimilitarista
Asunción del Paraguay Mayo de 2010
Leonor Silvestri/ Claudia Rodríguez
En el origen de nuestra lucha esta el sueño de todas las libertades
Alejandro Modarelli
La anormalidad no es una elección. Ninguna de las dos “eligió” nada. La anormalidad es un diagnóstico, en especial uno médico, que se solidariza con tantos otros dispositivos de control del mundo. En este espacio, este encuentro, también funcionan los dispositivos que nos materializan y nos codifican nuevamente como “anormales”, es decir, el diagnóstico.
Si bien la anormalidad no es una elección, elegimos re apropiarnos de ella estrategicamente. No lo haremos siempre solo cuando sea inevitable hacerlo. Oscilaremos, fluctuaremos, y fugaremos. Pero donde sea necesario traer a la presencia esta violencia, la violencia que ustedes ejercen sobre nosotras, en ese punto podremos “reclamarnos” -no reivindicarnos- anormales.
El primer lugar donde fuimos constituidas como anormales fue al nacer. “Macho” dijo la partera. O, “es una nena” dijo el obstetra. Luego vino la familia: padre, madre, hermano. La discriminación se naturalizó. Discriminación por “ser mujer” pero también por “no ser” la mujer que debíamos ser.
Este espacio también reproduce la dicotomía entre “la mujer que debemos ser” y la que finalmente actuamos, desde el fracaso y la decepción. Nuestra performance de género, nuestra ecología política decepciona
Sin embargo, esto no es una denuncia. Es una intervención lúddica.
Su discriminación, la discriminación que subjetiviza a las personas “anormales” es hipócrita, silente. Se reconoce en las formas políticas del partido y de la asamblea: ningunear a la adversaria, hacerle un vacío. Su finalidad, neutralizar su poder, su fuerza, que no pueda actuar. Volverla justamente “una loca”, tal será su inteligibilidad social en espacios como este. Finalmente, todas coincidirán, las biomujeres, que reivindican su maternidad, sus ovarios, y que bregan por que “los varones les den espacio”, pero en una voz tan baja y tan inaudible que jamás podría ser considerada ofensiva ni amenazante, finalmente, decimos dirán “es intratable”. Dejarán de tratarnos (ni bien ni mal – que ya se sabe que el odio es amor) porque nos lo buscamos, porque no podemos ser tratadas.
Pero nosotras venimos abandonando el espacio de las iguales, el mero espacio de la reivindicación pública, cuestionando el “ser”, y “lo natural”. Deviniendo post-humanas, donde lo anormal ya no es un criterio. Venimos a convidar, y a dar no tan solo a recibir lo que nos puedan dar. Convidar los placeres encontrados, construidos, los placeres luchados y hoy factibles de ser colectivizados, como nuestras corporalidades. Venimos a devenir deseadas, no a reivindicar nuestra aceptación ni nuestra tolerancia. Puesto que la aceptación son las migajas del banquete de los normales a cuya mesa no queremos sentarnos.
Y la pregunta es ¿que tan dispuestxs estan a acomodarse en esta otra mesa, junto a nosotras?
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... ignorantes de la amistad como cemento político... (Tiqqun)

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