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Las metrópolis contemporáneas son los puntos de concentración máxima de estas técnicas políticas del capitalismo. Las metrópolis son ese medio donde no hay ya casi nada que uno pueda reapropiarse. Un medio en el que todo está hecho para que lo humano se relacione solamente con- sigo mismo, se produzca separado de las otras formas de existencia, coincida con ellas o las utilice pero sin encontrarse nunca con ellas.
Sobre la base de esta separación, y para prolongarla, se ha trabajado mucho para criminalizar cualquier tentativa de prescindir de las relaciones mercantiles.

El terreno de la legalidad se confunde desde hace demasiado tiempo con el de los múltiples apremios a hacernos la vida imposible, mediante el trabajo asalariado o la auto-empresa, el voluntariado o el militantismo.
Al mismo tiempo que este terreno se vuelve cada vez más inhabitable, todo aquello que puede contribuir a hacer la vida posible se torna criminal.
Allí donde los activistas claman “ningún ser humano es ilegal”, hay que reconocer que se trata exactamente de lo contrario: hoy una existencia enteramente legal sería una existencia enteramente sometida.
Están los fraudes al fisco y los empleos ficticios, los delitos de información privilegiada y las falsas quiebras; están los fraudes a la Renta Mínima de Inserción y las nóminas falsas, los engaños a la ayuda para la vivienda, la malversación de subvenciones, las comidas que no se pagan y saltarse las multas. Están los viajes en la bodega de un avión para franquear una frontera y los viajes sin billete en trayectos urbanos o el interior de un país. Colarse en el metro, mangar en el supermercado son las prácticas cotidianas de miles de personas en las metrópolis. Como hay prácticas ilegales de intercambio de semillas que han permitido salvaguardar muchas especies de plantas. Hay ilegalismos más funcionales que otros en el sistema-mundo capitalista. Los hay que son tolerados, otros que son fomentados y finalmente aquellos que son castigados. Un huerto improvisado en un descampado tiene todas las papeletas para terminar arrasado por un bulldozer antes de la primera cosecha.
Si se considera el conjunto de las leyes de excepción y las reglamentaciones corrientes que regulan cada uno de los espacios por los que cualquiera transita en un día, no queda ya ni una sola existencia que pueda presumir de impunidad. Las leyes, los códigos, la jurisprudencia existente convierten cualquier existencia en algo punible; bastaría con que se aplicasen a rajatabla.

No somos de los que creen que allí donde crece el desierto crece también su antídoto. Nada puede suceder que no comience con una secesión en relación a todo lo que hace crecer ese desierto
.

Sabemos que construir una potencia de cierta amplitud llevará tiempo
. Hay muchas cosas que ya no sabemos hacer. A decir verdad, como todos los beneficiarios de la modernización y de la educación dispensada en nuestras regiones desarrolladas, ya no sabemos hacer casi nada. Incluso recoger plantas para darles un uso, ya no decorativo, sino culinario o médico, pasa hoy por arcaico cuando no, y esto es peor aún, por algo simpático.
Pero hacemos una constatación simple: cualquiera dispone de una cierta cantidad de riquezas y de saberes que el simple hecho de habitar estas regiones del viejo mundo vuelve accesibles y pueden ponerse en común.
La cuestión no es vivir con o sin dinero, robar o comprar, trabajar o no, sino utilizar el dinero que tenemos para acrecentar nuestra autonomía en relación a la esfera mercantil.
Y si preferimos robar a trabajar y autoproducir a robar, no es por problemas de pureza. Es porque los flujos de poder que acompañan a los flujos de mercancías, y el sometimiento subjetivo que condiciona el acceso a la supervivencia, son hoy exorbitantes.

Habría muchos modos inapropiados de decir lo que pre- tendemos: ni queremos irnos al campo ni reapropiarnos de los antiguos saberes y acumularlos. Nuestra tarea no pasa simplemente por una reapropiación de medios. Tampoco por una reapropiación de saberes. Si juntásemos todos los sabe- res y todas las técnicas, toda la creatividad desplegada en el campo del activismo, no obtendríamos un movimiento revolucionario. Es una cuestión de temporalidad. Una cuestión de construir las condiciones para que una ofensiva pueda alimentarse sin extinguirse, estableciendo las solidaridades materiales que le permitan sostenerse.

Creemos que no hay revolución sin constitución de una potencia material común. No ignoramos el anacronismo de esta creencia.
Sabemos que es demasiado pronto y, a la vez, demasiado tarde, y es por eso que tenemos tiempo.
Hemos dejado de esperar.

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