Te exaltas te regocijas


Si tuviera que decir qué fue lo peor que me pasó en la vida, diría que haber nacido mujer. Sin dudarlo. Siempre lo supe. Solo se me ocurre una sola cosa peor que haber nacido mujer.
Haber nacido varón, hombre, el sujeto de la Ilustración su mejor vasallo. Y esto lo sé por todo lo bien y la gran cantidad de varones que he conocido en mi vida.

No hay adonde huir, mas hay que huir. Hay que huir de la policía del género que construyó no sólo mi cuerpo débil y mi pasividad intrínseca a mi bioasignación dictando no sólo cómo debía comportarse ese cuerpo sino también cómo debía verse y ser en toda su esencia, cómo debía ser mi vagina, cómo debía usarla, cómo debían ser mis músculos, cómo debía utilizarlos. Huir de ese maldito que hasta puso por mi boca y todos los orificios de mi piel y mi cuerpo las sustancias que harían de mi una mujer sin lugar a dudas. O casi.
También siempre supe, y las lecturas y trayectorias me lo confirmaron y lo reafirmaron, que esa bioasignación, esa generización encarnada redundaba en formas de afectarme con el mundo, cómo ser en el mundo a partir de los modos de afectación.
Estoy delante de la ventana y el sol se cuela con sus líneas, hace la pintura de las sillas mas naranjas, mas amarillas. Tomo café. En la mesa hay una navaja, un libro de psicomagia, y otra arma más. Siempre llevo esos tres elementos conmigo: algo para leer, algo para cortar, y algo más. Nunca escribí palabras más honestas que las que hoy escribo. Viajar también es producirme el tiempo para pensar con palabras, para entablar con mi computadora nueva, la que me regaló mi ex compañero, una relación de intensa afinidad. Mi mejor amiga en estas tierras, mi computadora nueva.
Estoy huyendo. Ni huyo sola ni es hacia un territorio preestablecido. Estoy huyendo y mientras lo hago ni me falta el aire (para eso he entrenado tanto el cuerpo, este cuerpo) ni tengo miedo. No hay hacia dónde volver, lo que había, incluso si lo quisiera -cosa que no quiero-, ya no existe más. Durante todos estos años me dediqué a quemar las naves. No porque creyera que me iba a tentar volver de dónde partí sino para desubjetivarme y volverme a subjetivar.
Estoy huyendo. No es falta de valor lo que me acecha y me acorrala. No es nostalgia por algo que se perdió porque no se puede desear lo que se ha querido perder. He venido huyendo desde hace rato. A veces he corrido, como ahora, he galopado. A veces he caminado lentamente, pero desde hace tiempo he estado huyendo. No hay tierra prometida, nadie me espera en ningún lado. Por suerte, aquello de lo que huyo, de lo que me ausento, es demasiado poco seductor como para siquiera tentarme. Algunas lo llaman heternormatividad, otras heterosexualidad, algunos le dicen Imperio. Es el mundo tal como lo conocemos, este mundo viril, binario, chismoso, hostil. Y sus formas de vida, sus modos de afectación.
En mi huida he conocido a mucha gente. He aprendido de todas esas personas algo. Me han hecho mas violenta, más hostil, más agresiva, más intransigente. Me han dado todas armas. Me han ayudado a reparar las que tenía. Algunas quedaron por los caminos, creyendo que estándose lo bastante lejos de dónde habían partido ya podían echarse y descansar. A muchas las sigo echando de menos, y aunque la memoria es un peso grande para quien anda a pie, sigo cargando con esos recuerdos con esas nostálgicas piedras llamadas vida pasada como único patrimonio al cual apelar cuando alguien pregunta quién soy, cuando yo dudo qué estoy haciendo. Tengo mis dudas acerca de la utilidad de cargar con este peso.
En mi huida aprendí que solo dos cosas me acompañaran siempre: el cambio y la huida misma. Quien camina cambia, quien corre, alienta a otros. Huyendo aprendí que mi peor enemigo es este cuerpo, el modo en el que fue construido no por mi, sino sin mi y por otros, para otros, con otros fines. Mi peor enemigo es lo que en él se encarna y me encadena sin dejarme caminar, los modos de afectación de un mundo del cual me quiero alejar, sus formas de habitar este mundo, su educación sentimental. Apelo a potencias anteriores que en él habitan y las cuáles ignoro por completo. Me entrego al devenir. Que este cuerpo me sorprenda más allá del daño que le han hecho haciéndome ser quien soy. Caminar y correr -huir- es una forma de construirme otro cuerpo, es decir otra forma de vida lejos de esta, tan lejos que jamás descansará, y en eso consiste su paz.
Huyendo aprendí que lo que se pierde por el camino cesa de causar dolor llegado el tiempo correcto. Que echar de menos a los muertos no es un padecimiento. Pero que extrañarlos es una carga pesada que a veces retorna en forma de llanto.
Huyendo me los encontré. Nos encontramos. Solas por los caminos, o casi. ¿Quién encontró a quién? Puro azar y puro esfuerzo. Ambos. No es la primera vez que tengo encuentros cercanos y directos que me traigan a la presencia que me sustraigan de la experiencia narcótica del anonimato del Imperio espectacular de la zomficicación reinante. No por completo, pero no enteramente acompañadas, estábamos solo aferradas a nuestro deseo de huir, de seguir andando, pese al cansancio, pese a ya estar lejos, a no quedarnos quietas. Nos encontramos y fue terrible y mistérico, como suele ser encontrarse con la monstruosidad de la vida proliferante. El oxígeno de la mata atlántica es tóxico, dicen.
Temí varias cosas a medida que el tiempo fue pasando, hechos que aún hoy tengo que enfrentar con miedo.
Temí que no fuera recíproco. Ese fue el primer miedo.
Temí que no quisieran huir más, habiendo visto a otras quedarse, tal como dije, por los caminos.
Temí que nos hiciéramos un daño irreparable e imperdonable.
Temí que no comprendiéramos las nociones de desapego, desprecio, y disidencia y nos olvidáramos de todas nosotras.
Me temí. Temí de mi misma. Mucho. Temí mis deseos.
Sigo temiendo, continúo teniendo muchos de estos miedos. Y sé que se presentaran otros.
El mundo me los va a entregar uno a uno en una batalla interminable. Esta pelea no es a 15 rounds, y lo que me hostiga me quiere muerta, irrecuperable, inservible.
Entre mis miedos más grandes, entre los monstruos más enormes temí uno, con el cual ya luché en alguna ronda del camino, y en aquella oportunidad me venció brutalmente. Porque no todo lo que se enfrenta, y eso lo aprendí huyendo, puede ser vencido sola. Por eso ese miedo -justificado- al cual ya me enfrenté y destruyó lo que yo más deseaba en aquel momento, volví a venir cuando los conocí. Es un miedo que conozco bien, porque en forma de demonio yo también lo padezco muy mucho, y es una de mis principales desventajas a la hora de la pelea. Podríamos llamarlo antipatía, lo contrario de la sympatía. Podríamos decirle incapacidad de afectación, o afectación trunca con la afectación de mi afectación, en una especie de lectura spinoziana. O simplemente podría decir que temí que estando yo como estaba completamente entregada y afectada al ustedes, temí que ustedes mutuamente y sin mí no se afectaran el uno con el otro, que no se quisieran lo suficiente como para destruir al binomio, a la pareja y al varón que vive en sus cuerpos.
Recientemente conocí grandes dramas. Conocí a alguien cuyas dos afectaciones mayores se odian hasta la locura la una contra la otra, hasta la sentencia máxima de “tenés que elegir a una de las dos”. Conocí una trenza sexo-afectiva infinita donde todo gira en torno a un varón que manipula candorosa y tiernamente a muchas mujeres, las cuales oscilan entre serse indiferentes o quererse pero no afectarse en profundidad hasta hacerse mejores afines, o amantes; tal el poder de este hombre. Conocí a un varón que desde las sombras y en silencio rumia la angustia y el recelo que le produce que su compañera de vida también tenga a un compañero el cual él no termina de respetar. Conocí a quien fue abandonoado por su compañera de vida por celos de otra afectación, la cual también fue abandonada a su vez. Conocí y sufrí en carne propia ser apartada de una afinidad sexo afectiva por celos, por los terribles y destructivos celos de una novia, que en vez de estimular nuestro nutritivo agenciamiento, se dedicó, con el consentimiento de la otra y su beneplácito – estímulado por el narcótico de la admiración, el sexo, y la cathexis- a aniquilarlos hasta quedar reducidas a lo que somos hoy: nada. No conozco calvarios más horripilantes que los que menciono, quizás tan solo sobrepasados porque quienes aun duermen el sueño del mundo tal como lo conocemos y lo reproducen soñando, en eterna vigilia mortuoria, diciendo que así es la vida.
Y también los conocí a ustedes. Y temí. Temí porque al momento de conocerlos partían de algún lugar un poco más alejado de la heternormatividad, un poco más flexible, pero que no alcanzaba las formas de afectación, dulzura, y cariño que habitan los cuerpos biopoliticamente asignados de manera opuesta. Temí porque parecían no poder quererse como me querían a mí. Y eso sería eventualmente un gran problema. Presencié no sin temor cómo no eran capaces de prodigarse afecto públicamente, como si lo hacían conmigo, su torpeza a la hora de acariciarse fuera de lo sexual, su miedo para enfrentarse delante de otros al placer que les daba encontrarse entre ustedes. Temí ser siempre el médium que les habilitara la jugada, estar siempre en la mitad del encuentro, ser la coartada, y a su vez el puente, como en el culto mariano, de su propia unión. Temí que fuera solo por mí que se permitían encontrarse, temí que no se gustaran suficiente, temí que fuera solo sexual o solo amical, temí que no pudiera desarrollarse y devenir hacia una afinidad más estrecha y profunda, temí tener que estar siempre presente, temí y sufrí cuando ustedes me confesaban sus miedos y temores pero entre ustedes no se sentaban a dialogarlos. Temí tener que elegir, o seguir sin los dos, temí que no se afectaran entre ustedes de la manera que se afectaban conmigo. Completamente. Y lloré, y pedí creer, y creí apoyada especialmente en la entera paciencia de los dos, en su lentitud sin premura pero firme, en su falta de ansiedad, en nuestra ceguera de creer que el mundo del mañana se vive hoy. En la mayor fe que me ha habitando nunca, la fe anarquista que cree que mi libertad se multiplica con la de los demás. Encarnizadamente desde esa fe sigo andando.
Estamos huyendo juntas. No nos conocemos mucho, pero ésta ha sido la intensidad más devastadoramente hermosa que haya conocido nunca. Ha sido suficiente para confiar algunas cosas, para entregar el cuerpo a la espontaneidad y a lo aleatorio, el caos proveerá sus formas. Estoy lanzada como una flecha que nos apunta. ¿Adónde vamos?
Se apoderan de mi estúpidos miedos de un cuerpo que ya no soy. Se asemejan a posesiones demoníacas. Astillados en formas de espina, una a una cada noche tengo que sacármelos de la piel, incrustadas en cada poro y producidas por los más leves e ingenuos movimientos. Cada mañana renazco, en especial cuando hay sol. Pero por las noches, me parasitan justo ahora que el pharmakon se hacia presente para sanar mis antiguos miedos:
Ustedes también se están afectando, no tendré que elegir, podrán cuidarse cuando yo no esté, no tendré que estar siempre presente, no seré la coartada para que se deseen o se prodiguen afecto, ese asqueroso lugar que alguna categoría antropológica de feria académica llama “heterosexualidad flexible”. Hemos vencido. ¿Por qué tengo miedo aún?
Acompañada y sola siento que tengo que sobreponerme a las astillas de hielo que me fagocitan la alegría. Acompañada por nuestras afirmaciones; sola en los reproches y los lamentos. No alimentar al demonio, no darle de comer, que muera de sed y de hambre, acorralarlo ante el desconcierto de la incertidumbre preciosa que esta nueva modalidad insondable e impensada de encuentro nos propone. Devenimos manada. ¿Qué formas adoptaremos? Aunque no hemos nacido solas a este encuentro y ya otros cuerpos han caminado por este camino, no tenemos modelos, estamos libradas al azar, y eso es su mejor parte.
Deseo no esperar y dejar que el encantamiento por el cual tanto deseé produzca sus actos solo. Pero al galope y en mi rescate algunos entusiasmos se precipitan dentro de mi pecho. Vienen a combatir una angustia que no es mía pero tengo dentro, que no es mía porque yo no la he puesto allí, ninguna de las que soy hoy, y no es mía porque no la deseo dentro mío. De todos los entusiasmos, hay uno fundamental, el más salvaje, el más fuerte que frente a este hecho deseado e inevitable como el fin de nuestros tiempos horrendos y macabros signados por el Imperio se arroja como un misil contra mi bioasignación. Me aferro a él porque es una gran intuición en esta batalla. Me da fuerzas contra las inseguridades de ese demonio que por las noches especialmente me posee y me robotiza.
Estoy huyendo y estoy menos sola que nunca. Estamos huyendo. Y tal parece voy a dejar de ser mujer. Ustedes varones. Todas juntas.

2 opinolog*s:

fernsehem dijo...

wonder/fall...

Irma Vep dijo...

Cuando escribes palabras tan honestas sentidas duras y autocriticas, tan llenas de esperanza fe voluntad lucha...
creo que realmente eres una inspiración impagable...
admiro mucho tu tenacidad tu ejemplo tu busqueda incesante...
no necesitamos heroes o heroinas que provoquen en nosotros nuevas adicciones pero es hermoso y aleccionador sentir el viaje compañero de quien busca la libertad enfrentando sus miedos sin negarlos...
tienes mucho coraje
un respeto
salud