Paulina Vinderman


Carta







Te escribo desde una ciudad fronteriza

absorta en el primer soplo del amanecer.

Hay mucho polvo

y el cielo por la tarde no es rojo sino

ocre

y las hojas de los árboles

corren con cierta violencia por las alcantarillas.

Me vas a preguntar por qué estoy aquí

—hace días—

qué espero en este pasillo extendido

hacia la bruma.

Y bien, pienso que algo ha de haber detrás

de estas canillas que gotean interminablemente,

de estas palabras descamándose

de las bocas de la gente

—por cierto, no dibujan serpentinas

en el aire, más bien caen

y de noche, en el terraplén o en la ría

ninguna palabra danza con las constelaciones—

Extraño lugar.

Pero más extraño aún, es mi oído

afinándose en los cuartos calientes y opacos

buscando una alarma que no tenga

que ver con la ira,

una flor en la áspera identidad.

Me he —me han— convertido en un sabueso

entrenado para la vida,

pero así y todo es difícil dilucidar

porqué en el barro,

porqué en agujeros prendidos en los mapas

como viejos alfileres de sombrero.

Ha de haber una razón,

un detalle ampliado de la obstinada mente

que permita entender estos insectos sobre el

velador,

este deseo de movimiento en la asombrosa quietud

—como un teorema en la pizarra—,

este llamado.

2 opinolog*s:

funzine dijo...

los anarcos tb se van a la costa

Ladrona Estafadora y Plagiadora carente de todo Talento dijo...

por eso yo me fui a cordoba y entre rios para no cruzarmelos
se ve que vos que sabes donde estan y adonde van debes estar ahi